11 Jun Bhagavad Gita: la inmutabilidad como canto espiritual, social y político a lo inamovible
Texto por: Alma Fernández
Editado por: Jairo Echeverri García
El alma inmutable: núcleo filosófico del Bhagavad-Gita
El Bhagavad-Gita abre con un guerrero que tiembla. Arjuna, frente a sus parientes en el campo de batalla, siente que el arco se le escapa de las manos y que el corazón se le desmorona. ¿Cómo luchar contra los suyos? ¿Cómo aceptar la sangre de los familiares como precio de la victoria? En ese instante de desfallecimiento, Krishna le revela una verdad que atraviesa los siglos: el alma no muere, el alma es inmutable.
El diálogo entre Krishna y Arjuna -corazón de esta epopeya que forma parte del Mahabharata- nos entrega una enseñanza fundamental. Krishna dice con serenidad: “El alma ni nace ni muere, ni comienza a existir un día para desaparecer sin volver jamás a existir. Es eterna, antigua e increada; el alma no muere cuando muere el cuerpo” (Bhagavad-Gita, cap. II, p. 15).
Ahí está la semilla del hinduismo: la certeza de que lo esencial no se quiebra, que lo verdadero permanece. La inmutabilidad no es solo una idea filosófica, es un canto que calma la angustia y que invita a mirar más allá de las sombras del mundo. Este texto sagrado de 18 capítulos nos recuerda que el atman -el aliento inmortal- es indestructible.
Krishna insiste: “Las armas no pueden herirla, ni el fuego consumirla, ni el viento secarla, ni las aguas empaparla” (Bhagavad-Gita, cap. II, p. 16). La imagen es poderosa: el alma como una llama que no se apaga, como un río que nunca se seca, como un cielo que no se rasga. En un mundo donde todo cambia —los cuerpos envejecen, las familias se transforman, los reinos caen—, el alma permanece. Esa permanencia es la raíz de la serenidad, el refugio del yogui, la certeza del devoto.
La inmutabilidad se convierte en un espejo donde el ser humano puede reconocerse más allá de sus miedos. Es la promesa de que, aunque el cuerpo se desgaste, la esencia sigue intacta, esperando ser descubierta.
La inmutabilidad no es solo una idea filosófica, es un canto que calma la angustia y que invita a mirar más allá de las sombras del mundo.
Yoga, devoción y acción desinteresada: caminos hacia lo eterno
El yoga, entonces, no es solo una disciplina física, sino un arte de vivir en consonancia con lo inmutable. Krishna lo dice con claridad: “Cuando hayas alcanzado el yoga, realizarás tus acciones sin interés, impertérrito ante el fracaso o el éxito, pues esta tranquilidad de ánimo es lo que produce el yoga” (Bhagavad-Gita, cap. II, p. 19). Aquí encontramos la semilla del karma yoga: el camino de la acción desinteresada.
El yogui es aquel que, como la tortuga que guarda sus miembros en el caparazón, se retrae de los estímulos externos para hallar la paz interior: “Quien desvía los sentidos de todo estímulo, como la tortuga resguarda sus miembros en su caparazón, ese está sólidamente en posesión de la sabiduría” (Bhagavad-Gita, cap. II, p. 58).
La práctica del yoga es, entonces, un ejercicio de recordar la inmutabilidad. No se trata de huir del mundo, sino de vivir en él con la conciencia de que lo eterno está dentro. El yogui actúa, pero no se aferra; siente, pero no se pierde; ama, pero no se esclaviza.
La inmutabilidad también se refleja en la manera de actuar. Krishna enseña que el hombre debe cumplir su deber sin apego a los frutos: “Tú debes perseguir la acción, pero sólo a ella, no a sus frutos; que estos no sean tu acicate; mas, por el contrario, no te entregues a la inacción” (Bhagavad-Gita, cap. II, p. 19).
La acción desinteresada es la forma de vivir en armonía con lo eterno. Si el alma no muere, ¿por qué aferrarse a los resultados efímeros? El verdadero sentido está en el acto mismo, en la entrega, en el cumplimiento del dharma.
En el capítulo III, Krishna lo reafirma: “El hombre que se entrega a la acción sin apego alcanza la suprema perfección” (Bhagavad-Gita, cap. III, p. 14). La perfección no está en el éxito externo, sino en la fidelidad interna al deber.
La inmutabilidad del alma se convierte así en una ética: actuar sin miedo, sin deseo, sin apego. Actuar como quien sabe que lo esencial no se pierde.
Más adelante nos encontramos con la figura del sabio, el que refleja la calma del alma eterna. Krishna lo describe con dulzura: “Quien no se turba en medio de las tristezas, quien en medio del placer no siente deseo, quien ha abandonado todo impulso, temor o cólera, este tiene el entendimiento estable” (Bhagavad-Gita, cap. II, p. 56).
La serenidad del sabio es la prueba de que ha comprendido la inmutabilidad. No se deja arrastrar por las olas del dolor ni por los vientos del placer. Su mente es como un lago tranquilo, donde se refleja el cielo eterno.
El sabio no necesita más que el Yo: “El hombre que se libera de todo deseo y que se satisface en el Yo por el Yo, ese es el que tiene una sabiduría firme” (Bhagavad-Gita, cap. II, p. 55). Esa satisfacción en el Yo es la experiencia de la inmutabilidad, la certeza de que lo eterno habita en cada ser.
Otro camino hacia la inmutabilidad es la devoción (bhakti yoga), que conduce al moksha —la liberación—. Krishna asegura: “El hombre se da cuenta de ello y se entrega henchido de devoción, y la Divinidad se unirá con ella y no volverá a reencarnarse” (Bhagavad-Gita, cap. VI, p. 20).
La devoción es la entrega del corazón a lo eterno. El devoto no busca resultados, no pide recompensas, solo se une con lo divino. En esa unión, la inmutabilidad se hace experiencia viva: el alma se reconoce como parte de lo eterno y se libera del ciclo de las reencarnaciones. La devoción es, entonces, un canto al alma que nunca muere, una celebración de la permanencia en medio de la impermanencia.
El Bhagavad-Gita es, entonces, un canto sublime al alma eterna, pero también un texto que legitima un orden social inmutable. La espiritualidad se convierte en ideología, y la ideología en poder.
Dharma y orden social: la inmutabilidad como ideología política
Por otra parte, cuando el Bhagavad-Gita habla de la familia y de la sociedad, lo hace con la misma solemnidad con la que describe el alma. El dharma aparece como un deber inmutable, un orden que no debe quebrarse, aunque el mundo se derrumbe. Krishna lo recuerda con firmeza: “Más conviene a un hombre su dharma aunque sea imperfecto, que el de otro, aunque sea superior” (Bhagavad-Gita, cap. XVIII, p. 43).
Sin embargo, esta afirmación, que a primera vista parece un consejo espiritual, también puede leerse como un mecanismo de cohesión social. La inmutabilidad del dharma no solo garantiza la paz interior del individuo, sino que asegura la estabilidad de la estructura social. Cada quien debe permanecer en su lugar, cumplir su deber, aceptar su rol. La permanencia del alma se traduce en la permanencia de las jerarquías.
Por ello, podemos leer entre líneas que el principio de la inmutabilidad funciona como un aparato ideológico de Estado. Al afirmar que el dharma de cada casta es inmutable, el texto legitima un orden social rígido, donde la movilidad es vista como transgresión. La espiritualidad se convierte en un discurso que sostiene la política: lo eterno del alma se proyecta en lo eterno de las instituciones.
El Bhagavad-Gita advierte: “Los hombres que tienen pervertidas sus costumbres familiares son condenados al infierno para toda la eternidad” (Bhagavad-Gita, cap. XVIII, p. 42). Esta sentencia no solo habla de la pureza espiritual, sino que refuerza la idea de que romper las tradiciones es un pecado social. La amenaza del infierno se convierte en un dispositivo de control, un modo de asegurar que las familias y las castas mantengan su lugar en el engranaje del Estado.
En este sentido, la inmutabilidad no es solo un principio metafísico, sino también un principio político. Garantiza que el orden social se mantenga, que las castas no se mezclen, que las tradiciones no se rompan. La espiritualidad se convierte en ideología, y la ideología en aparato de poder.
Paradoja del Bhagavad-Gita: liberación espiritual (moksha) versus rigidez de castas
Aquí aparece una paradoja fascinante: el mismo texto que invita a la liberación del alma también sostiene un orden social rígido. Por un lado, Krishna dice: “El hombre se da cuenta de ello y se entrega henchido de devoción, y la Divinidad se unirá con ella y no volverá a reencarnarse” (Bhagavad-Gita, cap. VI, p. 20). La devoción libera, la unión con lo divino rompe el ciclo de las reencarnaciones.
Por otro lado, el mismo Krishna insiste en que cada persona debe cumplir su dharma según su casta, aunque sea imperfecto. La liberación individual convive con la permanencia social. La inmutabilidad del alma se convierte en espejo de la inmutabilidad del orden político.
¿Podemos decir que la inmutabilidad tiene un doble rostro?
Un rostro espiritual que calma al individuo, le recuerda que su esencia no muere, que puede alcanzar la liberación. Y un rostro social-político que asegura que las familias y las castas mantengan su lugar, que el Estado se sostenga en la permanencia de las tradiciones.
El Bhagavad-Gita es, entonces, un canto sublime al alma eterna, pero también un texto que legitima un orden social inmutable. La espiritualidad se convierte en ideología, y la ideología en poder.
La inmutabilidad del alma se convierte así en una ética: actuar sin miedo, sin deseo, sin apego. Actuar como quien sabe que lo esencial no se pierde.
El Gita y la promoción de lectura en Barranquilla
En el marco del proyecto Barranquilla es Leer, que promueve la lectura en colegios del distrito, textos como el Bhagavad-Gita se convierten en puentes entre culturas. Acercar a los jóvenes a esta obra capital de la literatura universal no solo amplía su horizonte simbólico, sino que invita a preguntarse por la permanencia, el deber y la libertad en sus propios contextos. La inmutabilidad, vista desde el Gita, puede ser también un espejo para reflexionar sobre las tradiciones que nos habitan y las que elegimos transformar.
Porque leer, en el fondo, también es detenerse ante lo inmutable y, al mismo tiempo, animarse a mover lo que puede y debe ser movido.
Bibliografía
- Mascaró, J. (Trad.). (2008). El Bhagavad Gita. Editorial Luis Cárcamo. (Trabajo original del 2006)
Barranquilla es Leer
Barranquilla es Leer es el programa de acompañamiento a docentes de las Instituciones educativas distritales, desde la literatura, de la Secretaría de Educación del Distrito de Barranquilla (SED) y la Fundación Círculo Abierto (FCA).
El programa trabaja con niñas y niños de las IED de Barranquilla, elegidas bajo los criterios de la SED, en la experiencia de la lectura y la escritura, en una inmersión en la literatura compuesta por clubes de lectura especializados con artistas, acceso a una biblioteca digital de literatura infantil y juvenil, asistencia a foros de apreciación de literatura con personas expertas en literatura infantil y juvenil, tutorías semanales con niñas y niños
Sobre la Fundación Círculo Abierto
La Fundación Círculo Abierto trabaja desde el año 2010 en el diseño y ejecución de proyectos relacionados con educación y cultura. Su confianza en el lenguaje de las artes para construir y comunicar conocimiento ha sido el eje común de las experiencias que desarrolla con artistas tradicionales, contemporáneos, locales, nacionales, internacionales y comunidades diversas del territorio colombiano.
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