09 Jun El valor de la literatura infantil y juvenil: parar para leer en un mundo rápido
Texto por: Guisela Estrada
Editado por: Jairo Echeverri García
Hablar del valor de la literatura infantil y juvenil implica reconocer su potencia en cada edad. Este nuevo año trajo consigo cambios: como promotora de lectura, volví con los niños más grandes. Los infantes tienen su encanto, todo les parece novedoso y quieren aprender; los cuentos y las canciones ocupan un momento especial para ellos. Pero a medida que crecen empiezan a tener otros intereses. La lectura es un gusto que se siembra, pero que se aprende del ejemplo. Para los “millenials” que contamos con abuelas que narraban historias fantásticas para dormir o en reuniones, o que veíamos leer un periódico en el desayuno con el aroma de un buen café, aprendimos que leer era y es una de las acciones más emocionantes que puede hacer un ser humano. Nos da todo: drama, romance, terror, acción; nos muestra el exterior y también nuestro interior, y no pararía en la lista. La cosa es que no todo está perdido: podemos contagiar tanto a niños pequeños, adolescentes y aún a adultos con literatura infantil y juvenil. Fui testigo una tarde donde al leer en voz alta en el salón de un colegio distrital de Barranquilla, los niños hicieron una pausa, pararon, pasaron de estar bulliciosos a estar atentos a la escucha de un cuento.
Cuando un niño se sumerge en una historia, algo distinto ocurre: el tiempo deja de correr como afuera, aparece el silencio, la imaginación se activa, la mente se queda. La lectura no compite con la velocidad de las pantallas, ni debería hacerlo. Su valor está precisamente en lo contrario: en ofrecer un espacio de pausa, de profundidad, de encuentro consigo mismo y con otros.
La investigadora Maryanne Wolf explica que el cerebro lector se forma a través de la lectura profunda, aquella que permite reflexionar, inferir y comprender más allá de lo inmediato. Este tipo de lectura no se desarrolla en entornos de estímulo constante, sino en experiencias sostenidas. Por eso, cuando la lectura desaparece o se reduce, no solo se pierde un hábito: se debilita una forma de pensar, una forma de pensar que da verdadero valor a la literatura.
Infancia, pantallas y atención fragmentada
Docentes y padres coinciden en lo mismo: niños que se distraen con facilidad, dificultad para sostener la atención, poco interés por leer textos largos. No es casualidad: organismos como la OCDE han advertido que el uso excesivo de pantallas, especialmente sin acompañamiento, puede afectar la concentración y el rendimiento académico. Pero el problema no es solo el tiempo frente a pantallas. Es lo que se pierde en ese tiempo.
- Se pierde el espacio para imaginar sin estímulos externos.
- Se pierde la experiencia de construir sentido lentamente.
- Se pierde la posibilidad de habitar una historia.
La lectura no compite con la velocidad de las pantallas, ni debería hacerlo. El valor de la literatura está precisamente en lo contrario: en ofrecer un espacio de pausa, de profundidad, de encuentro consigo mismo y con otros.
La literatura infantil y juvenil: mucho más que entretenimiento, valor formativo y pensamiento crítico
No todos los textos generan el mismo efecto. La buena literatura infantil y juvenil -aquella que emociona, cuestiona, conecta- tiene un valor literario y formativo profundo. No solo enseña a leer, sino que forma sensibilidad, lenguaje y pensamiento crítico.
A través de los cuentos y las historias, los niños:
- Comprenden emociones y desarrollan empatía
- Exploran realidades distintas, construyendo identidad
Leer literatura no es una tarea escolar más: es una experiencia que deja huella, pero que necesita tiempo. Educar lectores es enseñar a detenerse. Aquí está uno de los mayores desafíos actuales para docentes y padres: no solo enseñar a leer, sino enseñar a detener el ritmo. Porque un niño no se convierte en lector por obligación, sino por experiencia, y esa experiencia se construye cuando el entorno permite la pausa.
El papel de la escuela: crear espacios de lectura con sentido
En medio de currículos exigentes y tiempos limitados, la escuela sigue siendo un lugar clave para recuperar el valor de la lectura. Algunas acciones sencillas pueden marcar una gran diferencia:
- Leer en voz alta, incluso en grados mayores
- Elegir libros que conecten emocionalmente con los estudiantes
- Generar conversaciones sobre lo leído, no solo evaluaciones
- Permitir momentos de lectura sin prisa ni interrupciones
Un aula que lee no es solo un aula que aprende: es un aula que respira.
Formar lectores no es solo un objetivo académico: es una apuesta por el desarrollo humano.
El papel de la familia: proteger el tiempo de leer
En casa ocurre algo igual de importante. Los hábitos lectores no se construyen solo en la escuela, sino en la vida cotidiana. Pequeñas decisiones pueden transformar la relación de un niño con la lectura:
- Establecer un momento diario para leer
- Leer juntos, incluso cuando ya saben leer solos
- Tener libros al alcance
- Reducir el uso de pantallas en ciertos momentos del día
Leer antes de dormir, por ejemplo, no solo fomenta el hábito: crea un espacio de calma y conexión afectiva.
El ejemplo: la forma más poderosa de enseñar a leer literatura
Los niños observan. Cuando un adulto lee, transmite un mensaje claro: la lectura importa, no por obligación, sino por valor. Cuando un niño ve a sus padres o docentes detenerse a leer, entiende que ese momento merece un lugar en la vida. Detener el tiempo también es educar. En un mundo que premia la rapidez, educar también implica enseñar a ir despacio.
La lectura ofrece eso que hoy escasea: atención sostenida, pensamiento profundo, conexión emocional. Por eso, formar lectores no es solo un objetivo académico: es una apuesta por el desarrollo humano.
Un libro como refugio en la infancia de hoy
Tal vez no podamos cambiar la velocidad del mundo, pero sí podemos crear espacios donde el tiempo se detenga. Y un libro puede ser ese lugar.
Un lugar donde un niño:
- Imagina
- Pregunta
- Siente
- Comprende.
Un lugar donde no hay prisa.
Una tarea compartida
Educar lectores en la era digital no es responsabilidad exclusiva de la escuela ni de la familia: es un trabajo conjunto. Un acuerdo silencioso entre adultos que entienden que, más allá de las exigencias académicas, los niños necesitan algo esencial: tiempo para leer, tiempo para pensar, tiempo para ser.
Ese es el verdadero valor de la literatura: y a veces, todo comienza con algo tan simple -y tan poderoso- como abrir un libro y detener el tiempo.
Bibliografía
- Reyes, Y. (2014). La casa imaginaria: lectura y literatura en la primera infancia. Norma.
- Petit, M. (2001). Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura. Fondo de Cultura Económica.
- Pennac, D. (1992). Como una novela. Anagrama.
Montes, G. (1999). La frontera indómita: en torno a la construcción y defensa del espacio poético. Fondo de Cultura Económica. - Ferreiro, E., & Teberosky, A. (1979). Los sistemas de escritura en el desarrollo del niño. Siglo XXI.
Barranquilla es Leer
Barranquilla es Leer es el programa de acompañamiento a docentes de las Instituciones educativas distritales, desde la literatura, de la Secretaría de Educación del Distrito de Barranquilla (SED) y la Fundación Círculo Abierto (FCA).
El programa trabaja con niñas y niños de las IED de Barranquilla, elegidas bajo los criterios de la SED, en la experiencia de la lectura y la escritura, en una inmersión en la literatura compuesta por clubes de lectura especializados con artistas, acceso a una biblioteca digital de literatura infantil y juvenil, asistencia a foros de apreciación de literatura con personas expertas en literatura infantil y juvenil, tutorías semanales con niñas y niños
Sobre la Fundación Círculo Abierto
La Fundación Círculo Abierto trabaja desde el año 2010 en el diseño y ejecución de proyectos relacionados con educación y cultura. Su confianza en el lenguaje de las artes para construir y comunicar conocimiento ha sido el eje común de las experiencias que desarrolla con artistas tradicionales, contemporáneos, locales, nacionales, internacionales y comunidades diversas del territorio colombiano.
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